Coloquio de los doce. Dialogos de los Tlamatinime con los doce franciscanos en 1524.

Capitulo VII

 

Donce se dice qué respondieron,

contestaron, los sacerdotes.[1]

 

Señores nuestros, señores, estimados señores,

habéis padecido trabajos,

así os habéis venido a acercar a esta tierra.

Aquí, delante de vosotros, ante vosotros,

os contemplamos, nosotros macehuales,[2]

[…]

¿De dónde, cómo,

os habéis dirigido hacia acá

del lugar de vuestros señores, de la casa de los dioses?

Porque en medio de nubes, en medio de nieblas,

del interior del agua inmensa habéis venido a salir.

[…]

Aquí nosotros, de algún modo, vemos en forma humana,

aquí como a un humano hablamos,

al Dador de la vida,

al que es noche, viento,

porque vosotros sois su imagen, su representante.

Por esto recogemos, tomamos,

su aliento, su palabra, del Señor Nuestro,

del Dueño del cerca y del junto,

el que habéis venido a traer,

del que en el mundo, en la tierra, es señor,

el que os envió por razón de nosotros.

Por eso aquí nosotros estamos admirados,

en verdad habéis venido a traer,

su libro, su pintura,

la palabra celestial, la palabra divina.[3]

Y, ahora, ¿de que modo,

que será lo que diremos,

elevaremos a vuestros oídos?

¿Somos acaso algo?

Porque sólo somos macehualuchos,[4]

somos terrosos, somos lodosos,

raidos, miserables,

enfermos, afligidos.

Porque sólo nos dio en préstamo el Señor, el Señor Nuestro,

la punta de su estera, la punta de su sitial,[5]

[donde] nos colocó.

Con un labio, dos labios respondemos,

devolvemos el aliento, la palabra,

del Dueño del cerca y el junto.

[…]

Tal vez solo [vamos] a nuestra perdición, a nuestra destrucción,

¿O acaso hemos obrado con pereza?

¿Adónde en verdad iremos?

Porque somos macehuales,

somos perecederos, somos mortales.

Que no muramos,

que no perezcamos,

aunque nuestros dioses hayan muerto.[6]

Pero tranquilícense vuestros corazones, vuestra carne,

señores nuestros,

porque ahora romperemos un poquito,

ahora abriremos, el cofre, la petaca del señor Nuestro.[7]

 

Vosotros dijisteis

que no conocíamos al Dueño del cerca y del junto,

a aquel de quien son el cielo, la tierra.

Habéis dicho que nos son verdaderos dioses los nuestros.

Nueva palabra es esta,

la que habláis

y por ella estamos perturbados,

por ella estamos espantados.[8]

Porque nuestros progenitores,

los que vinieron a ser, a vivir en la tierra,

no hablaban así.

En verdad ellos nos dieron

su norma de vida,

tenían por verdaderos,

servían,

reverenciaban a los dioses.

Ellos nos enseñaron,

todas las formas de culto,

sus modos de reverenciar [a los dioses].

Así, ante ellos acercamos tierra a la boca, [9]

así nos sangramos,

pagamos nuestras deudas,

quemamos copal,

ofrecemos sacrificios.

Decían [nuestros progenitores]:

que ellos, los dioses, son por quien se vive,

que ellos nos merecieron.[10]

¿Cómo, dónde? Cuando aún era de noche.[11]

Y decían [nuestros ancestros]:

que ellos [los dioses] nos dan

nuestro sustento, nuestro alimento,

todo cuanto se bebe, se come,

lo que es nuestra carne,[12] el maíz, el frijol,

los bledos, la chía.

Ellos son a quienes pedimos

el agua, la lluvia,

por las que se producen las cosas en la tierra.

 

Ellos mismos son ricos,

son felices,

poseen las cosas, son dueños de ellas,

de tal suerte que siempre, por siempre,

hay germinación, hay verdear

en su casa.

¿Dónde, cómo? En Tlalocan,

nunca hay allí hambre,

no hay enfermedad

ni pobreza.[13]

También ellos dan a la gente

el valor, el mando,

el hacer cautivos en la guerra, el adorno para los labios,

aquello que se ata, los bragueros, las capas,

las flores, el tabaco,

los jades, las plumas finas,

los metales preciosos.[14]

¿Y cuándo, dónde, fueron invocados,

fueron suplicados, fueron tenidos por dioses,

fueron reverenciados?

De esto hace ya mucho tiempo,[15]

fue alla en Tula,

fue allá en Huapalcalco,

fue allá en Xuchatlalpan,

fue allá en Tlamohuanchan.

Ya fue allá en Yohualinchan.

Fue allá en Teotihuacan.

Porque ellos, por todas partes, en el mundo,

les dieron el fundamento

de su estera, de su sitial.

Ellos dieron

el señorío, el mando,

la gloria, la fama.

 

Y ahora, nosotros,

¿destruiremos

la antigua regla de vida?[16]

¿la regla de vida de los chichimecas?

¿la regla de vida de los toltecas?

¿la regla de vida de los colhuacas?

¿la regla de vida de los tepanecas?

Porque así en nuestro corazón [entendemos][17]

a quien se debe la vida,

a quien se debe el nacer,

a quien se debe el crecer,

a quien se debe el desarrollarse.

Por esto [los dioses] son invocados,

son suplicados.

 

Señores nuestros,

no hagáis algo

a vuestra cola, a vuestra ala,[18]

que le acarree desgracia,

que la haga perecer.

Así también de los ancianos, de las ancianas, era su educación,

su formación.

Que los dioses no se enojen con nosotros,

no sea que en su furia,

en su enojo incurramos.

Y no sea que, por esto, ante nosotros,

se levante la cola, el ala [el pueblo],

no sea que, por ello, nos alborotemos,

no sea que desatinemos,

si así les dijéramos: -Ya no hay que invocar [a los dioses],

ya no hay que hacerles suplicas.

Tranquila, pacíficamente,

considerad, señores nuestros,

lo que es necesario.

No podemos estar tranquilos,

y ciertamente no lo seguimos,

eso no lo tenemos por verdad,

aun cuando os ofendamos.

Aquí están

los que tienen a su cargo la ciudad,

los señores, los que gobiernan,

los que llevan, tienen a cuestas,[19]

al mundo.

Es ya bastante que hayamos dejado,

que hayamos perdido, que se nos haya quitado,

que se nos haya impedido,

la estera, el sitial [el mando].[20]


[1] Un comentario a lo expresado en este capitulo -la dramática respuesta de los sacerdotes- en León Portilla. La filosofía náhuatl. P.p. 129-136.

[2] Los sacerdotes, humillándose, se refieren a sí mismos como macehuales, gente del pueblo.

[3] Todas estas expresiones, puestas en labios de los sacerdotes nahuas, dan la impresión de que hubieran ya aceptado la predicación de los frailes. Lo que a continuación manifiestan muestra que en realidad no aceptan tales predicas y han hablado así con su característica cortesía.

[4] Can timaceualtotonti(n), es forma despectiva o diminituva, de macehualli, entendido aquí como “pobre gente del pueblo”.

[5] “La punta de su estera, la punta de su sitial”, es este empleo del conocido difrasismo que denota la idea de autoridad. Los sacerdotes proclaman su autoridad es pequeña.

[6] Tras insistir que, al hablar, están en verdad exponiéndose, manifiestan con dolor cuál es su situación: no les queda ya sino morir  puesto que -según se les ha dicho y en su abandono parecen palparlo- “ya nuestros dioses han muerto”.

[7] “El cofre, la petaca”, difrasismo para decir el secreto, las cosas ocultas.

[8] Inician aquí los sacerdotes nahuas el rechazo de lo manifestado por los frailes.

[9] Hacemos juramento

[10] “Nos merecieron” techmaceuhqueh, cuando con su sacrificio de sangre nos dieron la vida. Véase: León Portilla, op. cit., pp. 183-188.

[11] “Cuando aun era de noche” in oc yohuaya, expresión que denota la idea de “en el principio, en los orígenes del mundo.

[12] Nuestra carne, nuestro sustento, es por excelencia el maíz, el frijol, los bledos, la chía.

[13] Es ésta una breve pero atina da descripción del llamado “paraíso de Tlaloc”.

[14] Enumera algunos de los objetos mas apreciados por los mexicas.

[15] Se mencionan a continuación algunos de los lugares sagrados que se tienen como muy importantes. La arqueología confirma que en todos ellos existieron grandes edificaciones religiosas, algunas provenientes del periodo clásico.

[16] Se mencionan ahora aquellos pueblos que se consideran merecedores de respeto y que asimismo mantuvieron “la antigua regla de vida”.

[17] Las palabras que siguen son afirmación decidida de quien se sabe conocedor de los misterios de la divinidad.

[18] “A vuestra cola, a vuestra ala”, es decir, “a vuestro pueblo”.

[19] In quitqui, in quimama: “los que la llevan, la tienen a cuestas”. Es este otro difrasismo, aplicado, como resulta obvio, a los que gobiernan.

[20] Si se ha perdido ya el mando y el poder, ¡que pueda preservarse al menos la antigua norma de vida, el camino de acercarse a los dioses!

Coloquio de los XII

coloquio de los XII. Capitulo VII

En los enlaces que están aqui arriba se pueden consultar los dos capitulos completos, pues lo publicado es un extracto. El coloquio de los XII es uno de los pocos testimonios de lo que responden los oficiadores de rituales sagrados a los frailes franciscanos, el encuentro sucedio en 1524 y fueron recopilados y revisados muchos años  después (hacia 1564) por Fray Bernardino de Sahahgun, aunque ya habian pasado varias decadas hay que tomar en cuenta la gran capacidad de memorización y conservación de testimonio oral que tenían por costumbre las culturas prehispanicas. aunque con contadas  interpolaciones, pues es posible que el texto haya sido “limado” en aspectos estilisticos o mas tranquilos y diseñado de modo didactico es posible afirmar la autenticidad del texto, si bien pulido en la transcripción se detectan elementos caracteristicos de los discursos antiguos, tales como la esmerada cortesia, las formulas, los lugares. 

Extra: consultar asimismo en una entrada anterior la nota sobre la apropiación de formas de denominación antigua por los evangelizadores, como es el caso de “el Señor Nuestro”, ademas de en las listas el articulo sobre el difrasismo en la lengua nahuatl. 

2 comentarios to “Coloquio de los doce. Dialogos de los Tlamatinime con los doce franciscanos en 1524.”

  1. WOW HERMOSO, GRACIAS POR COMPARTIR!!

  2. muy interesante, estoy preparandome en Guadalajara dentro de un circulo para siembra de nombre y estoy tratando de cumentarme . me llama la tensión la promesa cuando se llevanan la tierra a la boca, yo encontre que era una manera de testificar palabra de verdad. aunque aqui no se entiende como tal.
    excelente trabajo

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